Qué difícil seguir viviendo cuando la madre no está. Cuando mamá muere, y a casi todos se nos muere la madre en cierto momento de la vida, aunque nuestra madre siga viva, aunque algunos no se den cuenta, aunque algunos lo sufran más, unos menos; algunos pensamos en eso seguido, teniendo a nuestra madre que nos parió a diez minutos en auto y llamada telefónica por siempre dispuesta. Pero mamá no está. No hay nadie a quien llamar cuando estás llorando en la playa, en tu cama, en un auto, en la calle. Ese abrazo se perdió. Y mamá está ahí, mi mamá está leyendo esto, y ellá está, siempre querrá estar, pero no. Como ella ya no tiene a su mamá aunque la abuela esté viva y a mitad de camino entre su casa y la mía.
Porque vas creciendo y el regazo te queda chico. Sos un adulto. Y te acordás de cuando sentías miedo, frío, hambre, o mucho, mucho sueño, y todo lo que necesitabas era a mamá para que viniera a solucionar todo. Y ella venía, y aún sin hacer nada, arreglaba todo. Y digo mamá pudiendo decir papá. No hay miedo que pueda con un abrazo, no hay cosa que ellos no puedan calmar durmiéndote en sus brazos, no hay otro lugar en el mundo a donde pertenezcas que no sea ese. Ahí apretado entre esas manos y ese pecho, vos sos vos.
Y de repente un día entendés que cada vez que observes la inmensidad del cielo encontrarás una soledad que impresiona, que hiela, que te penetra. No hay lugar seguro, no hay espacio a donde pertenezcas más allá de tu piel. Todo el mundo es igual de inseguro o seguro, el mundo está adentro tuyo. Y pensás cómo carajo hicieron esas dos personas, tan frágiles como cualquiera, tan sensibles como uno, para darte tanta seguridad (oh mamá naturaleza tan perfecta), para darte un hogar, para ser tu hogar doquiera que estuvieran. Pero cómo eso tiene fecha de vencimiento. Y cómo un día yo seré la madre de alguien, borraré todo el miedo y cantaré hasta dormirle, le diré sana sana colita de rana y se olvidará de que le picó una hormiga, para luego, después de años, ser descubierta, ser una mujer más, con su soledad a cuestas.
Bueno, no sé si se entiende lo que quiero decir, pero he pensado en esto muchas veces. En lo infinitamente solos que estamos, y al mismo tiempo no, porque mi amigo Guegueke dice que es mentira que estamos solos, que estamos muy
juntos y acompañados, y que no me olvide, porque yo se lo dije a él.
Disfruten ustedes con sus niños pequeños la posibilidad de dar a alguien ese abrazo que todo lo sana. Seguramente, es en ese abrazo, más que en ningún otro, es donde toda la divinidad y la gracia del cosmos se hace tangible. Y para los que ya somos grandes, a pecherearla con la soledad y a buscar abrazos que curen, que hagan olvidar la soledad, que aunque no sean como los de los papás idílicos de nuestros cinco años, sirven, sanan y mucho.
Les dejo de regalo una
canción de cuna. Yo no pienso dejar de buscar ese abrazo en el Universo, estoy segura de que nos lo está dando todo el tiempo, aunque a veces cueste sentirlo.
PD: las fotos son del cabo polonio, de este verano; y en youtube estoy armando una
lista de reproducción de canciones de cuna de aborígenes americanos. Quizá les ayude a los que tienen bebés pequeñitos, a los que les cuesta dormir, o a los que aún sienten y saben dentro de sí una parte bebé que nunca crece, que es hermosa, y que es su escencia.